te cuido
A la hora mágica, la mano hinchada izquierda, aparecía buscando el último sol, que con un desprecio letal nos daba la espalda. Había muchos murmullos como nosotros todavía, observando el desfile místico de la siembra, cuando murió el día. Falleció y a todos nos entró el miedo; ninguno venga a decir que no sintió la cobardía en sus miembros, o que las pupilas no se le tornaron grises, renuentes a mirar a los costados. El tren no es un momento, es un apuñalamiento en la tierra, es una cuerda que en su rebeldía a veces se tensa y a veces olvida sujetarse. Se moviliza internándose en el silencio de la pampa, cargando el intento de nuestra piel por calentarse, y el ansia retenida en nuestros pies por llegar. El guarda anuncia el descenso de velocidad, lo noto en el tamarisco del fondo: es una escultura más precisa. Ahora se frena por completo, y ella se aprieta al respaldo. También detecto su mano buscando auxilio. Hay un anillo, el desliz de un resto de crema que ha vuelto a su estado o...