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te cuido

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A la hora mágica, la mano hinchada izquierda, aparecía buscando el último sol, que con un desprecio letal nos daba la espalda. Había muchos murmullos como nosotros todavía, observando el desfile místico de la siembra, cuando murió el día. Falleció y a todos nos entró el miedo; ninguno venga a decir que no sintió la cobardía en sus miembros, o que las pupilas no se le tornaron grises, renuentes a mirar a los costados. El tren no es un momento, es un apuñalamiento en la tierra, es una cuerda que en su rebeldía a veces se tensa y a veces olvida sujetarse. Se moviliza internándose en el silencio de la pampa, cargando el intento de nuestra piel por calentarse, y el ansia retenida en nuestros pies por llegar. El guarda anuncia el descenso de velocidad, lo noto en el tamarisco del fondo: es una escultura más precisa. Ahora se frena por completo, y ella se aprieta al respaldo. También detecto su mano buscando auxilio. Hay un anillo, el desliz de un resto de crema que ha vuelto a su estado o...

el último otoño

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El último otoño fue dentro de casa, al sur, donde suceden las niñeces y los fríos. La persiana caída concebía nuevos seres, de sombra y de luz -la lucha continua- en el ambiente de la cocina. Me reí, pero a la salida traté de no volver a verlos. Las puertas se quejaban cada vez que las movía de sus estancas posisiones y mi oído, aguzado de repente, se detenía en todos mis miedos, de menor a mayor, absurdos y fobias, como si hiciera el repaso de una larga lista de débitos. Por la ventana rota entraba el río, acomodado ya entre los terraplenes municipales, que en otros años, recién puestos, se habían tragado gente y habían eructado sus pantalones por los matorrales. De niño era feliz por aquellos lares. Encontrábamos monedas, algunas de las chiquitas, pero que bastaban para celebrarse como auténticos tesoros. Ahí navegaba por las hojas desteñidas -o teñidas, debido a que ese ocre me resultaba increíble- destapando los espejos, volviéndolos a pulir con finura. Pero ahora mi vista alca...

fotos ambarinas

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Todo ocurrió en un mundo anaranjado. Los paseos por mi cama, el remontado vuelo de nuestros ojos al ras del suelo tibio, el encierro del que sus brazos me hacían cautivo. Eran fotografías ambarinas, calidez de un otoño con todas las hojas caídas que amortiguaban nuestras argumentaciones, nuestras guerras de razón: nuestras pérdidas de tiempo. Gozaba quedándome ahí atrapado en su piel, casi sin respiro, metiéndome siempre que podía en sus miradas desviadas hacia todos lados. Se asomaban de vez en cuando débiles palabras queriendo afirmar lo que nuestros corazones creían saber. No sabían nada. No nos conocían. Ellos estuvieron adictos a ese sabor empalagoso que de un día para otro se nos regalaba, ese sabor que suele confundirse con el amor. Menos mal que al tiempo nos dimos cuenta, pero quedan los rescoldos de la existencia unidos. Son sombras que juegan con mi luz. Ésa que disimula al estar muriendo. Son pétalos. Pétalos secos que se desprenden en el libro de la memoria. Fragmentos...

desde mi puerta

Silencié los pasos hasta la salida. Todo dormido, y ella vivía en el colchón.  Vivía, respiraba,  lo percibí en sus pechos desnudos. La mano invisible  la había depositado ahora hacia un costado,  parecía verme fijamente.  ¡Ay! esos párpados  como las sábanas de la noche,  apenas podían albergar la belleza...  Yo, vestido con lo adecuado,  me sentí un hereje. La puerta se alzaba  y crecía cuando llegué.  Ahora no estaba seguro  si esa era la salida, o la continuación:  me llamaban de adentro,  me llamaban de afuera;  mi frente contra la puerta  y mi cuerpo corría hacia el centro,  hacia ella en el silo inerme,  en ese altar blando,  soltando y revolucionando la calma. A la salida no pude comprender,  pero me había despedido.  Me fui con sabor a derrota.  Me fui erguido,  controlando la savia,  lleno de mentiras.  La vida quedaba atrás,  lo supe.

cartas viejas

Las ví, y todavía sonaban, como si recién las hubiera parido la puerta, selladas por un viaje de no se cuántas manos. Tenían un nombre -como todas las cosas- largo y despiadado, y eso es un aroma particular, que lo volví a reconocer ahora también. Parecen ruinas erguidas luego de inviernos erosionadores. Después de haber soportado el deterioro de las indiferencias, no mutaron, permanecieron fieles a su tiempo, leales a la marea de significados dispersos en su seno. Casi las comprendo, pero hablan de otro yo. De alguien con los ojos mozos y el tacto impúber. Me aburren. Desperté habiendo soñado mi niñez. Toda mi niñez tendida en una pequeña noche de gracia. Miro las cartas sobre la mesa y están intactas. Desde la almohada se sienten sus aromas, viciadas de aquellas cárceles. Aun me siento libre y descalzo, comienzo a andar el pasado, el del sabor agridulce. Ellas son culpables, pero nada de ellas descarto porque quiero todo de mí. He descubierto mi propia vejez.

asilo mental

El asilo fue levantado por mi abuela, por mi padre, por mí. Cómo entré en él, no lo sé, pero estoy seguro que de muy niño. En aquél tiempo ya no jugaban los amigos. Corrieron cuando esas olas amenazaron con demoler mi castillo -del que me envanecí frente a todos-. Igual te defendí corazón, a pesar de no saber la resistencia de tus materiales. Continué el muro erguido... Trazaba una línea recta hasta perderla arriba. Tenía que acostarme en el pasto para enlazar los ojos a su flecha. Luego mi vista seguía hasta la luz y no tardaba en quedar ciego por algún novenario. Mi padre vino con la plomada un día, luego de mi ceguera. Él sabía que no podía verlo todo -¡es que yo era tan pequeño!-. Su sombra dividió mis ojos: "Aprende la justicia", me dijo, y yo aprendí a tachar los desvíos, las malas palabras, el humo del cigarrillo. Soñaba con caramelos y despertaba pidiendo el martirio, hasta cortar, con bronca, el barrilete que anclaba cada noche a mi cama. Había amado el refugio, ...

la vida de ailín

La observé en esas montañas de anónimos, extrañada porque había dejado de sentir. Hermética a los tartamudeos de todos. Santa y sublime en su alma blanda. Pero esa noche salió a desgarrarse con el brillo en sus ojos: el que he visto en los partos más crueles. Se derrumbó como lágrima en mis oídos, y perturbada y muda se dejó trenzar por la incertidumbre. Yo le aseguré que no moriría esta vez, que mi abrigo se haría parte en sus hombros. Ella me encontró sonriendo, y pensó que jamás la dejaría ir; algún amparo tendría entre estos dedos amorosos. Intenté algunos pretextos para vislumbrarla en todo su encanto. Me recibía con la luz cálida de sus pómulos, y allí me hallé deseándole los labios. Cada vez que me acerqué a su humanidad la deseé como a nadie, pero el temor a perderme en sus recovecos, me secó el aliento, y comencé a espiar de más lejos. Noches de calles mojadas me devolvieron generosamente aquellos labios que eché, y que ahora echo de menos. Hasta que mis ojos se cansaron d...

espejos mojados

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Avanzábamos de la mano en lo dorado de la colina, corriendo, penetrando nuestros pies por las hierbas crecidas, que lograron ocultarnos cuando caímos. No hubo otro movimiento que el de nuestro amor candente, eso y la mudez de la natura atónita frente al sublime sendero humano. Volvimos a mirar al techo alisado con el celeste de los ojos de Candela. Allí se fabricaron, dicen... Se extiende sobre nosotros y no sabemos si es la altura o si la profundidad, aunque al paraíso lo tenemos en nuestros cuerpos. Ni supimos de qué escapamos, y miramos lo pasado muchas veces sin modelar palabra alguna. Debíamos detenernos. Temía perderme, acostumbrado a la precisión de todos mis planes.  Me zambullí finalmente en la misma inconsciente felicidad que cargabas en tus labios. Pensé y quise decirte que te amo en ese instante, pero la permanente ambición del corazón humano de apoderarse del siempre y el nunca me alarmaron, y me negué a darle cabida.  No hay respuestas. Nos hem...

mi flor durmiente

Nació mi flor. Justo cuando anochecían fríamente mis días nació solita y se hace vigorosa y colorida. Ha adquirido la habilidad de erguirse cada mañana, cuando el sol la ha mirado y cuando ni siquiera ha tocado a su ventana, y de plasmar sus sonrisas brillosas como garabatos casi perfectos. Se descubren recorriendo las habitaciones y colmándolas de un aroma memorable. Te duermen los ojos y te llevan a un lugar que no conocés. Te abren los ojos para que la veas frente a vos y te enamorés de ella. Es ese aroma el de su piel, que distingo aislado desde una casta cama a mil kilómetros de soledad. Lo conocí cuando le rocé el pecho. Se adentró por mis besos recorriéndome como una savia, reverdeciendo cada ceniza de los años. Mi respiración se fugó y su aire me despertó en un jardín de duraznos en flor. Vivimos eternidades allí impregnados de rocío tibio, cuando las sonrisas evocaban dos bellas aguadas en su rostro, y por los estremecimientos de aquellos inofensivos mordiscos se sumergían n...

noches caducas

La miré mientras yacía en su vasto sueño. La impavidez se trazaba en el filo de sus ojos cerrados. “Completamente indefensa” murmuré. Tracé mis recorridos por su inmaculado cuerpo como si fuera un mar y yo su habituado navegante, y me dispuse a hundirme en ella tanto como se me permitiera, en el vacilar de las madrugadas. La noche se hizo larga contemplándola. Solo se interponían en mi concentración unos ruidos sordos de hojas errantes marchando junto al viento, que no lograron desviarme de su piel desnuda, culpable de mi intensa obsesión por poseerla. Sus parpados al fin desvistieron esas hermosas pupilas en las que me ahogaría por mucho tiempo. Todo se volvía cálido con sus manos exigiéndome que bajara hasta sus labios. Noche que se repetía por las noches durante vaya a saber uno. Me lancé detrás suyo aferrándome; una de esas pretensiones ilusorias de perpetuar las cosas, pero el tiempo se encargaría de hacernos ver su mejor talento. Es que él nunca tuvo una mujer como ella. Mi c...

los días para volver

(para mi Choele Choel) Hoy voy a imaginar que estoy ahí. Es pura la noche. Recibo los rezos ancestrales del río que ha ganado mis pies. No hay olas, arena, sombrillas de gente transitoria. Me senté en las piedras, sembradas hasta en el orgullo de las aguas. Yo soy de ahí. Más de una vez me ahogué para no poder ver el sol. Ahora tampoco está, porque son las cinco... y en la madrugada nadie lo mira. Estoy seguro que sos mi lugar. Conté los días para volverme y volvernos viejos amigos. He dicho tu nombre cuando flotaba sobre otras aguas. Expliqué qué fue de tu historia y a cuántas madres les desgarraron los pechos cuando les sacaron sus esclavas criaturas. Tu etimología indefinida me ha servido de excusa para ensayar nuevos significados ante mi público atento. Recuerdo haber enseñado la pronunciación, y cómo lo dijo cierta señora canadiense aquella vez, que haciéndosele difícil, culminó sus intentos con unas palabrotas que me hacen pensar en alguna danza primitiv...