la vida de ailín

La observé en esas montañas de anónimos, extrañada porque había dejado de sentir. Hermética a los tartamudeos de todos. Santa y sublime en su alma blanda.
Pero esa noche salió a desgarrarse con el brillo en sus ojos: el que he visto en los partos más crueles. Se derrumbó como lágrima en mis oídos, y perturbada y muda se dejó trenzar por la incertidumbre.
Yo le aseguré que no moriría esta vez, que mi abrigo se haría parte en sus hombros. Ella me encontró sonriendo, y pensó que jamás la dejaría ir; algún amparo tendría entre estos dedos amorosos.
Intenté algunos pretextos para vislumbrarla en todo su encanto. Me recibía con la luz cálida de sus pómulos, y allí me hallé deseándole los labios. Cada vez que me acerqué a su humanidad la deseé como a nadie, pero el temor a perderme en sus recovecos, me secó el aliento, y comencé a espiar de más lejos.
Noches de calles mojadas me devolvieron generosamente aquellos labios que eché, y que ahora echo de menos. Hasta que mis ojos se cansaron de buscarla caminé indiferente, me hice ruido cotidiano. Vi su espejismo y me escondí tantas veces como lo vi. Al fin, animado, caminé por donde todos caminamos alguna vez, y se le borraron los ojos.
Creía haberla desterrado de mi mente, mas no hizo falta preguntar, si aquella que traían entre dedos amorosos, era mi Ailín.

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