La amaba. La amaba en la lluvia y en la esquina, y en el sueño perdido. La amaba en la tarde, la andaba amando. La encontré queriendo, porque la amaba. Porque aún la amaba entrado el invierno, o adormecido de miedo, o simplemente volviendo. Pienso que la amé desde lejos, flagelando el deseo, convertido en asceta o autómata o reo. Y al volcarnos por vernos, nos amamos desnudándonos y en silencio. Hicimos la canción cuando amanecimos niños, aspirando a ser esencias, aunque sabiéndonos perdidos. Y ella rió. Rió desconsolada del hormigueo pegajoso del amor. Rió hasta morir. Pero murió conmigo: con nadie más que conmigo, es decir, junto a mí. Y aunque me fui diciendo que no volvería a amar, luego, cuando pille nuevamente al niño dentro mío, correré a la lluvia a la esquina, al sueño, y por poco volveré amando.