Hay un cielo -un pequeño cielo- hecho con las témperas que ninguno de los dos quiso llevarse, y que dejaron, al igual que el barrilete, fabricado con sus miradas feas y otros viciosos golpes, pero que vuela, vuela y vuelve zigzagueando. Ya no siente los antes como males, porque lo tientan a risa. Ahora que alza el rostro, se le descubren los dientes faltos; tiene el codo doblado en la rodilla, y aplaude dominado por la conquista: por el amor de su pasado, por comprenderlo al final con esas pupilas deshabitadas, sin brillos ni ecos. Ella está subida a un banquito, de madera y cuatro patas, siempre hizo uso de él; con la piel nieve cada arruga vuelve a la vez a zigzaguear como el barrilete, que se ha detenido a observar en un pequeño cielo indemne, con las manos manchadas de témpera azul.