el cielo de los dos
Hay un cielo -un pequeño cielo-
hecho con las témperas
que ninguno de los dos
quiso llevarse, y que dejaron,
al igual que el barrilete,
fabricado con sus miradas feas
y otros viciosos golpes,
pero que vuela, vuela
y vuelve zigzagueando.
Ya no siente los antes como males,
porque lo tientan a risa.
Ahora que alza el rostro,
se le descubren los dientes faltos;
tiene el codo doblado en la rodilla,
y aplaude dominado por la conquista:
por el amor de su pasado,
por comprenderlo al final
con esas pupilas deshabitadas,
sin brillos ni ecos.
Ella está subida a un banquito,
de madera y cuatro patas,
siempre hizo uso de él;
con la piel nieve
cada arruga vuelve a la vez
a zigzaguear como el barrilete,
que se ha detenido a observar
en un pequeño cielo indemne,
con las manos manchadas
de témpera azul.
hecho con las témperas
que ninguno de los dos
quiso llevarse, y que dejaron,
al igual que el barrilete,
fabricado con sus miradas feas
y otros viciosos golpes,
pero que vuela, vuela
y vuelve zigzagueando.
Ya no siente los antes como males,
porque lo tientan a risa.
Ahora que alza el rostro,
se le descubren los dientes faltos;
tiene el codo doblado en la rodilla,
y aplaude dominado por la conquista:
por el amor de su pasado,
por comprenderlo al final
con esas pupilas deshabitadas,
sin brillos ni ecos.
Ella está subida a un banquito,
de madera y cuatro patas,
siempre hizo uso de él;
con la piel nieve
cada arruga vuelve a la vez
a zigzaguear como el barrilete,
que se ha detenido a observar
en un pequeño cielo indemne,
con las manos manchadas
de témpera azul.
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