a la dueña de ese rostro
Estuve al borde de tu mirada; la ondulación de esa pestaña me produjo un vuelo particular, e imagino el resto. Jamás conoceré la verdad de tu rostro. Él, junto con el sol y con la ventana, coincidieron en la falla, el milagro: el azar, como el rayo prófugo desde las nubes que espeja la gota cayendo ¡al mismo tiempo que también yo lo intercepto!. Sos tierra de almendros. Sé que tus ojos gotean la miel, y tu pálida piel es un canto virginal; rosados tus labios que no han besado más que la luz y las heridas de un niño. Y allí quedé. Quedé estancado en lo quieto: vos te seguiste moviendo, con todo y con tu rostro.