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Mostrando las entradas de octubre, 2015

carta 132

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me trajiste el aire las horas la transparencia de un río nublado para que aprenda a estar lejos en esos páramos encontraré tu nombre maltratado enfriado por la lluvia serás inocente en todos los caminos adormecida con párpados de novia te velaré hasta que sea mi culpa a veces te besaba y me dolías eso recuerdo tu púrpura me vestía de esclavo encendía la espera porque amaba verte en ese remanso gris bien te entrega ahora aunque no lo tengas pensado entrega cualquiera de tus cicatrices entrega un mañana que pensamos  desde un nido que queda muy lejos  con tu gloria o tu misterio intactos salud por los abrazos a tiempo  por las llegadas sorpresa por los perdones tácitos salud por tu sonrisa masiva y mis hombros consagrados por tu boca final
Si ella duerme, todo duerme; la música de mi guitarra, o mis manos, o mis ganas, se acostaron con ella, y entonces tuve ganas de ella. Pero duerme, y yo no. Yo no tengo sueño, y ella es blanca, como el no se qué. Blanca, como todas las cosas que son blancas, pero más bonita y dormida. Ahora, mientras sirvo el té, debe estar teniendo un plácido sueño  en ese cabello recogido de guirnaldas libres, de hojas verdes, revoltosas; y mientras sorbo el té y me quemo, debe estar saliendo por una ventana a la pradera más utópica, para correr desnuda,  para bailar divertida,  en un chorro de nubes no tan puras como ella; y a medida que pervierte la almohada, fustiga con su falda la manta y gime, se desparraman las hebras, del saquito que actuó en mi contra, y ya no puedo tomar nada: yo me refriego la nariz, la barba y el pelo grasos, pero ella es feliz en mi cama.