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Mostrando las entradas de diciembre, 2014

haré que la luz se apague

Haré que la luz se apague, y se apaguen también las hojas del cuchicheo con el aire, haré que las cuadras hasta el fondo se aplasten y desbaraten la hilera, para darle un espacio roto a la lluvia tocando la noche. Haré que la luz se apague de esta pantalla y se busque la esperanza en otro sitio, en un libro más oscuro, en un pueblo más desaparecido, en esa natura que continúa fuera de nosotros, virginal. Algún día apagaré también mi luz, dejaré que siga el trémulo recorrido hasta su extinción final, se borre el surco de mi existencia y muerte, para darle al espacio roto el sentido vital, que es la palabra primera.

un momento en el aire

Un momento en el aire como un golpe excitado al equilibrio, como la exclamación de un nombre en el cuerpo inerte del pensamiento, o en el caos universal. Que esa sea tu falta de amor, tu cólera imprevista, el fracaso definitivo del paraíso. Que haya rejas, teorías, risas ajenas y una línea de yuyos robustos en cuanto regrese: tu verde sea mi zona gris, tu velocidad sea un camino al desierto que tímidamente recuerde haber supuesto; un momento en el aire, por accidente, por nostalgia o por soledad, sea siempre la forma de resucitar al primer beso.

te cuido

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A la hora mágica, la mano hinchada izquierda, aparecía buscando el último sol, que con un desprecio letal nos daba la espalda. Había muchos murmullos como nosotros todavía, observando el desfile místico de la siembra, cuando murió el día. Falleció y a todos nos entró el miedo; ninguno venga a decir que no sintió la cobardía en sus miembros, o que las pupilas no se le tornaron grises, renuentes a mirar a los costados. El tren no es un momento, es un apuñalamiento en la tierra, es una cuerda que en su rebeldía a veces se tensa y a veces olvida sujetarse. Se moviliza internándose en el silencio de la pampa, cargando el intento de nuestra piel por calentarse, y el ansia retenida en nuestros pies por llegar. El guarda anuncia el descenso de velocidad, lo noto en el tamarisco del fondo: es una escultura más precisa. Ahora se frena por completo, y ella se aprieta al respaldo. También detecto su mano buscando auxilio. Hay un anillo, el desliz de un resto de crema que ha vuelto a su estado o...

profeta herido

La cúpula cedió al sitio de palomas que designé verdugas de tu nombre. Comprendí, cuando laceraron las campanas, que el curvo cielo se expandía, y que yo, entre los hombres sin calma, profeta herido era. Envejecía mi lengua, porque no decía, y otra piel, escamosa, estiraba en mis hombros la malla viscosa de la incertidumbre. Era la culpa y los hermosos ojos de la soledad quienes se ocultaron conmigo. El viejo libro no volvió a aclarar tu sombra, aun estaba en alto, levantado por mi mano pecadora del desierto, pero apagándose como un corazón moribundo.

ese verano siempre

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siempre hallaba la forma de flotar en el sur solía ir con ella al otro lado y dejábamos que a los troncos se los llevara el agua permanecía embriagado de la marea  la luz del cielo de las cerezas  del huerto virgen y en eso consistía la canción que en la bolsa cabía el sosiego amado la redención del silencio del tacto el poema de sus labios el poema en sus labios el poema eran sus labios el justo equilibrio de los árboles sobre la frente donde nacen solfeos con el viento sueltan danzas extrañas y los pájaros pierden la tierra vuelan  cosquillean vigilan la ermita que formamos y dormiremos ese verano siempre

carambola

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La miro y en su patio vacío  hay un sostén colgado de la soga  que pone en penitencia a los muchachos  y aúlla con los gatos pendencieros  Los camiones pasan tocándole bocina  tocándole una cueca  el pasodoble o lo que quiera  yo agacho la cabeza intimidado  y ella se ríe porque nada le da prisa  Nada ni su tos  ni el mamotreto desvencijado  ni yo que la observo  la escribo la juzgo la perdono  callado papelón que admito  hasta que habito su patio vacío  tiro de la estúpida soga  y ya no hay sostén 
Ahora mi voz es un cuello frío cavado con el remordimiento. Un tizne impío dominó mis cuerdas para que perdiesen su niñez. Gordas varillas húmedas quedaron hasta tener este ronquido grave. Y ha supurado violencia de la nuez, con el remordimiento que ha cavado mi cuello frío y ahora hizo roncar mi voz.