te cuido

A la hora mágica, la mano hinchada izquierda, aparecía buscando el último sol, que con un desprecio letal nos daba la espalda.
Había muchos murmullos como nosotros todavía, observando el desfile místico de la siembra, cuando murió el día. Falleció y a todos nos entró el miedo; ninguno venga a decir que no sintió la cobardía en sus miembros, o que las pupilas no se le tornaron grises, renuentes a mirar a los costados.
El tren no es un momento, es un apuñalamiento en la tierra, es una cuerda que en su rebeldía a veces se tensa y a veces olvida sujetarse. Se moviliza internándose en el silencio de la pampa, cargando el intento de nuestra piel por calentarse, y el ansia retenida en nuestros pies por llegar.
El guarda anuncia el descenso de velocidad, lo noto en el tamarisco del fondo: es una escultura más precisa. Ahora se frena por completo, y ella se aprieta al respaldo. También detecto su mano buscando auxilio. Hay un anillo, el desliz de un resto de crema que ha vuelto a su estado original por la transpiración, un dedo esquivo, todos tiemblan, esto lo sé sin mirarla siquiera, por mi conocimiento previo, por acceder a esa experiencia desde tan diversas circunstancias. La calmo en mi pecho, y con ello, parece trasladarse a su cuerpo, a su distancia, a una voz que confiesa que siempre la estoy sosteniendo, la misma confianza que recibió hace un momento.
Estamos detenidos en la ventana. La luna, perpendicular al tren, abarrota el campo, y me da la sensación que también nos tajará a nosotros. Una guitarra canta en el fondo, ambos nos distraemos con esa melodía triste que nos hermana a todos, que nos comunica con ese ignoto espacio, y nos cuenta el amor, los fogones, el olor y voz de los caballos, el frío, el desamparo y la mentira, que otros promovieron.
Esa zamba me trae a sus ojos, y ante tal descubrimiento, un te cuido de los míos hace que se cierren y compartan la fuerza, la desaparición de la palabra, el alivio de encontrarse, el desespero por conquistar todo el adentro. De pronto es una habitación vacía, sin asientos ni sentados. De pronto ella es mía y domamos al mundo desde el suelo. Pero no es el frío ni algún miedo cerca lo que nos hunde, lo que nos halla arrobados y terminales. No nos quedamos huérfanos o extraviados, nos quedamos juntos.
Y el campo avanzó de nuevo sobre el tren por donde no pisamos, hacia una ruta que hicieron otros: buscando un cielo iluminado, el guarda señaló el nuestro.

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