el último otoño
El último otoño fue dentro de casa, al sur, donde suceden las niñeces y los fríos. La persiana caída concebía nuevos seres, de sombra y de luz -la lucha continua- en el ambiente de la cocina. Me reí, pero a la salida traté de no volver a verlos. Las puertas se quejaban cada vez que las movía de sus estancas posisiones y mi oído, aguzado de repente, se detenía en todos mis miedos, de menor a mayor, absurdos y fobias, como si hiciera el repaso de una larga lista de débitos. Por la ventana rota entraba el río, acomodado ya entre los terraplenes municipales, que en otros años, recién puestos, se habían tragado gente y habían eructado sus pantalones por los matorrales. De niño era feliz por aquellos lares. Encontrábamos monedas, algunas de las chiquitas, pero que bastaban para celebrarse como auténticos tesoros. Ahí navegaba por las hojas desteñidas -o teñidas, debido a que ese ocre me resultaba increíble- destapando los espejos, volviéndolos a pulir con finura. Pero ahora mi vista alca...