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Mostrando las entradas de octubre, 2014

el último otoño

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El último otoño fue dentro de casa, al sur, donde suceden las niñeces y los fríos. La persiana caída concebía nuevos seres, de sombra y de luz -la lucha continua- en el ambiente de la cocina. Me reí, pero a la salida traté de no volver a verlos. Las puertas se quejaban cada vez que las movía de sus estancas posisiones y mi oído, aguzado de repente, se detenía en todos mis miedos, de menor a mayor, absurdos y fobias, como si hiciera el repaso de una larga lista de débitos. Por la ventana rota entraba el río, acomodado ya entre los terraplenes municipales, que en otros años, recién puestos, se habían tragado gente y habían eructado sus pantalones por los matorrales. De niño era feliz por aquellos lares. Encontrábamos monedas, algunas de las chiquitas, pero que bastaban para celebrarse como auténticos tesoros. Ahí navegaba por las hojas desteñidas -o teñidas, debido a que ese ocre me resultaba increíble- destapando los espejos, volviéndolos a pulir con finura. Pero ahora mi vista alca...

la hora del amor

pero ese cuerpo en la ducha que renuncia al tiempo que se cae redondo de humo y lo transparenta el agua pero ese cuerpo sin ropa-sin cortina que las luces pobrísimas censuran hasta torcerá sus cobardías hasta llegará a su forma verídica pero ese cuerpo amado del deseo y la memoria de las noches del verano -joven intrépido- es el cuerpo laureado de la victoria él mismo sabe atardecer concertando con la sombra la hora del amor

la causa de todas las cosas

la causa de tu alegría desmedida, de tu aturdida cabellera, de tu piel penumbrosa y zafa, de tu cuerpo esbelto, de tu aroma a pistacho en otro lado caído, de tus caderas moldeadas, de tus muslos felices, del río de tus senos, del beso en el suspenso de tu labio, de tus ojos enajenados, del brazo en mi pecho que puja y ese calor que nos pega, que nos grita  nos suda nos agiliza  nos apura que nos distiende todavía almados, evaporando la miel de nuestro sexo: es la indecencia de mi imaginación, ésta es la causa de todas las cosas.

no habrán manos seguras para la rosa

Y esto sucede cuando se cría una rosa: aunque se la espere desde el brote siempre una mano la quebrará después. Las manos codician, las rosas seducen; es esta la espina con la que juega la libertad, que el amor no podrá sopesarse en el acto, que el arrojo sensual que hizo feliz a la rosa jamás volverá a hacerla feliz. Y el encanto, que esconde en sí la tragedia, cede tras ella dejando su nombre. No habrán manos seguras para la rosa.

mi amor y mi fin del mundo

Porque tu boca es el claro entre mis cenizas y la permanencia de la llama, un gesto certero sobre toneladas de habla sucia, la hoja en blanco donde no ha prendido el crayón, y es nido seguro, y es brisa súbita, y es mensaje de salvación. Pero yo siempre soy el que de una costilla inventa el fin del mundo. Y allí no estás, aunque rece una vida por tu beso, aunque tenga las palabras para hacerlo, es que a vos no te inventé yo.

donde viven los jacarandás

ensanchas la casa tuya que es toda un óleo fresco en donde viven los jacarandás adivinas la silla conviertes la mesa en pan y eres la espera, piel, cortina, soplo hay chocolate derramado como el ajeno cuerpo que habla de las veces que cedió a la lluvia y a esa flor atrapasueños que le debes tu vuelo etéreo aunque no desees ya volver aunque lo ansíes con todo el alma tu casa es el vergel en donde viven los jacarandás

los ojos que tienes de mí

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al suspendido atardecer invoco al río que pasó por nuestras piernas y llevó algo de nosotros, juntos sean las culpas sea la inocencia del torso desnudo sea el camino que desechamos no son inválidos, no son inciertos los ojos que tienes de mí escribo porque el pasado mantiene su boca abierta despejado, el cielo sigue llegándome tarde disolviendo en la mirada una cuota de vos me contamina, me embalsama el labio y te veo -te vuelvo a ver- como si habitaras mis certezas acomodada a mi espacio diminuto invoco al último verano viviente que nos entregó tras sus puertas las bondades de la cercanía despertados en el escondite en el centro nosotros golpeamos la tierra nosotros abatimos la carne y abrimos fuego nosotros amamos la guerra caímos pegados, perdidos, quemados, abiertos no son inválidos, no son inciertos los ojos que tienes de mí