el último otoño
El último otoño fue dentro de casa, al sur, donde suceden las niñeces y los fríos. La persiana caída concebía nuevos seres, de sombra y de luz -la lucha continua- en el ambiente de la cocina. Me reí, pero a la salida traté de no volver a verlos. Las puertas se quejaban cada vez que las movía de sus estancas posisiones y mi oído, aguzado de repente, se detenía en todos mis miedos, de menor a mayor, absurdos y fobias, como si hiciera el repaso de una larga lista de débitos.
Por la ventana rota entraba el río, acomodado ya entre los terraplenes municipales, que en otros años, recién puestos, se habían tragado gente y habían eructado sus pantalones por los matorrales. De niño era feliz por aquellos lares. Encontrábamos monedas, algunas de las chiquitas, pero que bastaban para celebrarse como auténticos tesoros. Ahí navegaba por las hojas desteñidas -o teñidas, debido a que ese ocre me resultaba increíble- destapando los espejos, volviéndolos a pulir con finura.
Pero ahora mi vista alcanza el vidrio, aunque quiera ver lo que hay después me detiene la conciencia del vidrio; pienso con un poco de dolor que ya me estaré cansando de los recuerdos. En fin, es un dolor pasajero, lo repito, porque cuanto más viejo uno se hace, sobrecarga la mochila e ignora el exceso; al llegar, en el alto, se sienta a acomodar, y se encuentra con cada prenda con un amor infantil, del que atrapa todo para sí y nombra al dueño infalible: el yo.
Regreso deprisa... Supe que al irme de casa, habían hecho de mi habitación un depósito. Pero uno de libros no tan jóvenes, librados al abandono, a la no-necesidad de la letra. Al abrir esa puerta, que siempre me pareció más liviana que las demás, un tufo de sapiencia me llenó los poros, tal es así, que me desvanecí sobre un edredón viejo cubierto de tiempo, gris fino.
Al despertar estaba abrazado a una cosa extraña, acostado en una cosa extraña, acogido por una cosa tan extraña. Era como una larga luna negra, particularmente áspera, con un aroma tibio, y un leve y último estremecimiento desde el centro, debajo de mi nuez. Me di cuenta que era el comienzo de todo. Eso. Tuve la certeza que allí comenzó todo; que esa luna había muerto y el cielo mío despejado. Yo la abracé fuerte y agradecí despierto. Luego la solté en el aire. Y cerré el libro después.
Bajé las escaleras: gateaba, corría, trepaba a veces. Mi casa tiene muchos recuerdos: algunos te golpean, otros, como la luna de otoño, te da una oportunidad. Me senté junto al umbral, y allí escribí, con letra grande, el fin.

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