Estas tardes me recuerdan a vos, a tu medio rostro sumergido en la luz blanca. A pesar del libro marrón que te explica difícil, te veo reducida a una mueca en tu boca estriada y divertida. Atrás me desconcierta un puente, un mate amargo cebado en mi mano, una posibilidad, quizá nunca hayas venido. Mientras, pienso en tu beso, capitán de todos los besos, intento concretar mi idea de vos y siempre se trata del querer, de la bienvenida al mundo, de un recibimiento afectuoso. Hay una tregua en tu ojo, el que no se ve, y está abierto, tanto como yo todas las veces que te he amado. El otro es solo un olvido espejado, movido y velado, que padece los efectos de una existencia inacabable.
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