profeta herido

La cúpula cedió al sitio de palomas
que designé verdugas de tu nombre.
Comprendí, cuando laceraron las campanas,
que el curvo cielo se expandía,
y que yo, entre los hombres sin calma,
profeta herido era.
Envejecía mi lengua, porque no decía,
y otra piel, escamosa,
estiraba en mis hombros la malla viscosa
de la incertidumbre.
Era la culpa y los hermosos ojos de la soledad
quienes se ocultaron conmigo.
El viejo libro no volvió a aclarar tu sombra,
aun estaba en alto,
levantado por mi mano pecadora del desierto,
pero apagándose como un corazón moribundo.

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