fotos ambarinas

Todo ocurrió en un mundo anaranjado. Los paseos por mi cama, el remontado vuelo de nuestros ojos al ras del suelo tibio, el encierro del que sus brazos me hacían cautivo. Eran fotografías ambarinas, calidez de un otoño con todas las hojas caídas que amortiguaban nuestras argumentaciones, nuestras guerras de razón: nuestras pérdidas de tiempo.

Gozaba quedándome ahí atrapado en su piel, casi sin respiro, metiéndome siempre que podía en sus miradas desviadas hacia todos lados. Se asomaban de vez en cuando débiles palabras queriendo afirmar lo que nuestros corazones creían saber. No sabían nada. No nos conocían. Ellos estuvieron adictos a ese sabor empalagoso que de un día para otro se nos regalaba, ese sabor que suele confundirse con el amor. Menos mal que al tiempo nos dimos cuenta, pero quedan los rescoldos de la existencia unidos.

Son sombras que juegan con mi luz. Ésa que disimula al estar muriendo. Son pétalos. Pétalos secos que se desprenden en el libro de la memoria. Fragmentos de palabras mutiladas por las lágrimas y las toses, que se fueron desparramando con el viento que sopla desde el reloj. Está su firma por todos lados porque acabó adentrándose mucho en mi historia, que es más simple de lo que creía. Hay rastro de sus labios, intactos aún, por las paredes internas de mi mente.

Le perdí y encontré un montón de veces y cada vez la sensación de soledad, cuando se marchaba, se hacía más certera. No sé por qué le suceden esas cosas a uno, esas cosas que lo apegan, que lo acostumbran a lo que no se tuvo. Lo que recuerdo es que no nos buscamos. No lo buscamos, pero encontramos eso.

Nos encontramos. Nos desvestimos de todas las visiones ajenas, de las etiquetas que se nos van incrustando cuando caminamos por las veredas de los años, y nos acariciamos el alma. Nos acariciamos fascinados de la profundidad de la pupila, de la suavidad de la piel, de la relación que establecían nuestros sentidos y la mezcla de ellos.

Alma muy aturdida de gritos pasados, encontrabas tu dulce silencio mientras sellábamos los ojos. Casi simultáneamente, -luego ella, luego yo- nos espiábamos.

Frecuento la serenidad que ha posado en sus párpados semicubiertos por las sombras de mi habitación. Me conmueve y la quiero atrapar acercándole mis besos una y otra vez. Luego se me
ha contagiado y todo se hace mi oscuridad. Siento sus labios, se quedan en mí. Los amo.

Ella completa una página de mi vida asegurando, con esas fotografías viejas que me empachan de nostalgia, cuanto me extraña. Sus retratos atados al paso del tiempo, intactos a los odios y los amores, infestan mis medianoches con el anhelo de vivirlos otra vez. Es una página eterna porque estuve completamente seguro de que quería escribirla junto a ella, mano sobre mano, con sus puntos y sus comas, con sus manchas de tintura.

Su letra no se confunde, es de ella y de nadie más. La puedo ver y reconocer cada vez que me miro el corazón. Ahí, como en las fotos, me dice que casi me ama.

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