las velas que no arden
La noche, que está escondida desde siglos, apabullada por las carcajadas de los noctámbulos, los expertos en enamorarse, los gatos llorones, sale a mi encuentro como en un filme de horror que todo condena al silencio. He mirado hacia los costados, en las sombras más espesas: no hay nadie allí y la mirada se vuelve a extraviar.
- ¿En qué pienso cuando pretendo asir lo que pienso?
Me enojé conmigo mismo por no correr a un papel en blanco y abatirlo con el remordimiento. Otra vez, muy lejos, las carcajadas huyen despavoridas de las cosas prendidas, y yo, que he caminado a paso lento -me lo he impuesto-, tropiezo con todo.
Las velas que han dejado de arder hace tiempo, brillaban mientras mi padre, con su voz fatigosa y las manos secas de cal, construía para mí los castillos y calabozos extraordinarios que solamente pueden existir en una mente indefensa.
La senda rasa se tornó un camino sinuoso, y más allá, derivó en suelo minado. Escribo con sangre mi única lectura digna -según el profeta-, porque, ante todo, el numen de mi niñez se ha extraviado, y aunque abrí los cortes de mi carne para husmear dentro, no se encuentran más que entredichos.
- ¿Por cuál cielo debería ahora fingir la integridad?
Se me han apagado las luces, como al universo, y ciego y rancio, ajeno a mi presente, consciente de la inútil galopada tras el arcoíris, afirmo, como al despertar, que no hay sabor tan exquisito como el de la vasta libertad, que nos poseyó desadvertidos, en otro tiempo, y que apenas ahora reconocemos su vapor.
- ¿En qué pienso cuando pretendo asir lo que pienso?
Me enojé conmigo mismo por no correr a un papel en blanco y abatirlo con el remordimiento. Otra vez, muy lejos, las carcajadas huyen despavoridas de las cosas prendidas, y yo, que he caminado a paso lento -me lo he impuesto-, tropiezo con todo.
Las velas que han dejado de arder hace tiempo, brillaban mientras mi padre, con su voz fatigosa y las manos secas de cal, construía para mí los castillos y calabozos extraordinarios que solamente pueden existir en una mente indefensa.
La senda rasa se tornó un camino sinuoso, y más allá, derivó en suelo minado. Escribo con sangre mi única lectura digna -según el profeta-, porque, ante todo, el numen de mi niñez se ha extraviado, y aunque abrí los cortes de mi carne para husmear dentro, no se encuentran más que entredichos.
- ¿Por cuál cielo debería ahora fingir la integridad?
Se me han apagado las luces, como al universo, y ciego y rancio, ajeno a mi presente, consciente de la inútil galopada tras el arcoíris, afirmo, como al despertar, que no hay sabor tan exquisito como el de la vasta libertad, que nos poseyó desadvertidos, en otro tiempo, y que apenas ahora reconocemos su vapor.
"Tropiezo con todo", tan extra corporal y tan profundo -me llegó.
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