mi flor durmiente
Nació mi flor. Justo cuando anochecían fríamente mis días nació solita y se hace vigorosa y colorida. Ha adquirido la habilidad de erguirse cada mañana, cuando el sol la ha mirado y cuando ni siquiera ha tocado a su ventana, y de plasmar sus sonrisas brillosas como garabatos casi perfectos. Se descubren recorriendo las habitaciones y colmándolas de un aroma memorable. Te duermen los ojos y te llevan a un lugar que no conocés. Te abren los ojos para que la veas frente a vos y te enamorés de ella.
Es ese aroma el de su piel, que distingo aislado desde una casta cama a mil kilómetros de soledad. Lo conocí cuando le rocé el pecho. Se adentró por mis besos recorriéndome como una savia, reverdeciendo cada ceniza de los años. Mi respiración se fugó y su aire me despertó en un jardín de duraznos en flor. Vivimos eternidades allí impregnados de rocío tibio, cuando las sonrisas evocaban dos bellas aguadas en su rostro, y por los estremecimientos de aquellos inofensivos mordiscos se sumergían nuestras miradas en nuestros ojos. Pupilas que se alzaron en las oscuridades como luna llena sobre mis noches despejadas, absorbían toda mi atención; creo que es absurdo escaparse. No es que no lo haya planeado. Claro que lo hice varias veces cuando el silencio ya no nos acurrucaba y agrietaba nuestra unidad corpórea, pero el adormecimiento de mis pies no me permitía llegar muy lejos. Estancado en su silueta, ataviada por un puñado de pétalos sembrados en su piel, volví, cada vez más persuadido en dejar de intentarlo.
Le prometí unas alas que aún no pude conseguir, para que despegara persiguiendo al viento. Le di una voz joven que se mezclase en el trazo enérgico de algún vuelo fugaz, y destrocé cada uno de los mapas tostados que tenía de algún tiempo sobre la mesa. Quería que fuera ella misma. Sin paradigmas, sin clave de sol, sin fecha de elaboración. Lo único que te pido es que te cuides de una cosa: del deseo de ser otra. Cuando eso suceda, también yo voy a extinguirme.
Una brisa acumulada la robó resueltamente de mi lado, y nos miramos al alma por última vez despojándonos el agua salada en nuestras mejillas.
La he percibido como una ilusión vaga que llega con sus últimos ajetreos, sin fuerza. Estuvo jugueteando divertida detrás de las hojas rebeldes de Otoño, disimulada en la orquesta precipitada de una llovizna desde aquél lado de esa ventana empañada, o en el final de un sueño del que me despierto intranquilo, como una caricia interminable. Ella ha estado husmeando justo cuando dejé de buscarla y aparece en cuanto cierro los ojos, inconfundible, cayendo como una pluma sobre estos parpados gastados. Se ha posado sobre mí regando las grietas ásperas de mis labios, susurrando amor con su respiración entrecortada en mi oído.
Donde sea que estés, sé que seguís auténtica, mi flor durmiente, y con la certeza de tu libertad me es suficiente para seguir cantando. No me perderé en el eco murmurante de las tardes vacías, ni provocaré el ocaso de mis voces puras; mi canción estará dedicada a tu alegría desplegada en las alturas, las de mi cielo.
Es ese aroma el de su piel, que distingo aislado desde una casta cama a mil kilómetros de soledad. Lo conocí cuando le rocé el pecho. Se adentró por mis besos recorriéndome como una savia, reverdeciendo cada ceniza de los años. Mi respiración se fugó y su aire me despertó en un jardín de duraznos en flor. Vivimos eternidades allí impregnados de rocío tibio, cuando las sonrisas evocaban dos bellas aguadas en su rostro, y por los estremecimientos de aquellos inofensivos mordiscos se sumergían nuestras miradas en nuestros ojos. Pupilas que se alzaron en las oscuridades como luna llena sobre mis noches despejadas, absorbían toda mi atención; creo que es absurdo escaparse. No es que no lo haya planeado. Claro que lo hice varias veces cuando el silencio ya no nos acurrucaba y agrietaba nuestra unidad corpórea, pero el adormecimiento de mis pies no me permitía llegar muy lejos. Estancado en su silueta, ataviada por un puñado de pétalos sembrados en su piel, volví, cada vez más persuadido en dejar de intentarlo.
Le prometí unas alas que aún no pude conseguir, para que despegara persiguiendo al viento. Le di una voz joven que se mezclase en el trazo enérgico de algún vuelo fugaz, y destrocé cada uno de los mapas tostados que tenía de algún tiempo sobre la mesa. Quería que fuera ella misma. Sin paradigmas, sin clave de sol, sin fecha de elaboración. Lo único que te pido es que te cuides de una cosa: del deseo de ser otra. Cuando eso suceda, también yo voy a extinguirme.
Una brisa acumulada la robó resueltamente de mi lado, y nos miramos al alma por última vez despojándonos el agua salada en nuestras mejillas.
La he percibido como una ilusión vaga que llega con sus últimos ajetreos, sin fuerza. Estuvo jugueteando divertida detrás de las hojas rebeldes de Otoño, disimulada en la orquesta precipitada de una llovizna desde aquél lado de esa ventana empañada, o en el final de un sueño del que me despierto intranquilo, como una caricia interminable. Ella ha estado husmeando justo cuando dejé de buscarla y aparece en cuanto cierro los ojos, inconfundible, cayendo como una pluma sobre estos parpados gastados. Se ha posado sobre mí regando las grietas ásperas de mis labios, susurrando amor con su respiración entrecortada en mi oído.
Donde sea que estés, sé que seguís auténtica, mi flor durmiente, y con la certeza de tu libertad me es suficiente para seguir cantando. No me perderé en el eco murmurante de las tardes vacías, ni provocaré el ocaso de mis voces puras; mi canción estará dedicada a tu alegría desplegada en las alturas, las de mi cielo.
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