desde mi puerta

Silencié los pasos hasta la salida.
Todo dormido, y ella vivía en el colchón. 
Vivía, respiraba, 
lo percibí en sus pechos desnudos.

La mano invisible 
la había depositado ahora hacia un costado, 
parecía verme fijamente. 

¡Ay! esos párpados 
como las sábanas de la noche, 
apenas podían albergar la belleza... 

Yo, vestido con lo adecuado, 
me sentí un hereje.

La puerta se alzaba 
y crecía cuando llegué. 
Ahora no estaba seguro 
si esa era la salida, o la continuación: 

me llamaban de adentro, 
me llamaban de afuera; 
mi frente contra la puerta 
y mi cuerpo corría hacia el centro, 
hacia ella en el silo inerme, 
en ese altar blando, 
soltando y revolucionando la calma.

A la salida no pude comprender, 
pero me había despedido. 
Me fui con sabor a derrota. 
Me fui erguido, 
controlando la savia, 
lleno de mentiras. 

La vida quedaba atrás, 
lo supe.

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