espejos mojados
Volvimos a mirar al techo alisado con el celeste de los ojos de Candela. Allí se fabricaron, dicen... Se extiende sobre nosotros y no sabemos si es la altura o si la profundidad, aunque al paraíso lo tenemos en nuestros cuerpos. Ni supimos de qué escapamos, y miramos lo pasado muchas veces sin modelar palabra alguna. Debíamos detenernos. Temía perderme, acostumbrado a la precisión de todos mis planes.
Me zambullí finalmente en la misma inconsciente felicidad que cargabas en tus labios. Pensé y quise decirte que te amo en ese instante, pero la permanente ambición del corazón humano de apoderarse del siempre y el nunca me alarmaron, y me negué a darle cabida.
No hay respuestas. Nos hemos visto y quedamos tatuados en el destino más incierto. Quiero que me usen las palabras, quiero que me hurten el aire que bebimos.
Avanzábamos en lo dorado de la colina. Había extrañas figuras en el horizonte limpio de ayer, que caminaban sin mirar atrás, pero mirando al suelo. Te preguntste hacia donde deberíamos ir. No supe responderte, estaba conforme con saber que íbamos, así fue siempre con nosotros, la vida nos presentó cuando debía hacerlo y nos enseñó a no anticiparnos.
Miramos alrededor. Nos disolvimos por ver que cada uno de ellos leía su camino. No lo teníamos, ni siquiera una dirección. Teníamos la vida extendiéndose doradamente frente a nuestros pasos. Teníamos las manos atadas y las sonrisas abiertas. Teníamos el frio que nos une y el calor que no permite separarnos. Lo olvidamos todo por ser idénticos, por el deseo de esa complejidad que irradiaban los sujetos. Miramos sus caminos y se perdían en el horizonte. Tenían señales por el centro, signos rodeándolos, barreras a los costados. Definitivamente seguros y correctos.
Avancé hacia el final de la colina. No te encontré jamás. Ni tus voces, ni tus huellas, ni los ecos desgarrados de ti misma. Y dejé de quererte.

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