cartas viejas

Las ví, y todavía sonaban, como si recién las hubiera parido la puerta, selladas por un viaje de no se cuántas manos. Tenían un nombre -como todas las cosas- largo y despiadado, y eso es un aroma particular, que lo volví a reconocer ahora también.
Parecen ruinas erguidas luego de inviernos erosionadores. Después de haber soportado el deterioro de las indiferencias, no mutaron, permanecieron fieles a su tiempo, leales a la marea de significados dispersos en su seno.
Casi las comprendo, pero hablan de otro yo. De alguien con los ojos mozos y el tacto impúber. Me aburren.

Desperté habiendo soñado mi niñez. Toda mi niñez tendida en una pequeña noche de gracia. Miro las cartas sobre la mesa y están intactas. Desde la almohada se sienten sus aromas, viciadas de aquellas cárceles. Aun me siento libre y descalzo, comienzo a andar el pasado, el del sabor agridulce.
Ellas son culpables, pero nada de ellas descarto porque quiero todo de mí.
He descubierto mi propia vejez.

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