mil palabras

Anoche
tuve una tormenta,
luego la oscuridad
aisló la habitación
como un suelo helado
que se aleja en el océano.

Solamente pude
encontrarme con las manos,
así de distinto,
sin saber qué me traía y qué me llevaba,
a punto de olvidar
el sonido de mi nombre.

Me acordé de ella,
de que a veces, en sus ojos,
se figuraba una caverna diáfana,
nacida del sol, toda brillante,
y a veces se volvía densa,
impenetrable como mi soledad,

como mi habitación,
con todos los pensamientos
en libertad y caos,
siguiendo sus propias órbitas,
cayendo en hoyos remotos.

Anoche, era la tormenta,
a veces es el amor
el que me levanta y hunde;
quiero vivir sin ella
pero no deja de nombrarme,

no se detiene
lo hace de maravilla,
y roza sus labios cerca de mis oídos,
alrededor de mis ojos,
sobre mi boca, en mi frente,

siembra sus mil palabras,
las disemina para siempre,
para cuando se vaya
y aún siga sonando.

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