De vez en cuando,
tu jardín florecido
deja postales de amor.
No dardos verdes,
ni preciosos mandalas.
Nomás la mejilla sonrosada
viene a ronronear
tus gracias.

Cada poema 
es una nota fugaz,
de una piel, de un duelo,
de una estrella descaminada;
una gota grácil del vino blanco
que bebo, y escolta
la parte tuya y la parte mía.

En la estrechez del tiempo,
en la declaración del alba,
desde que levita el rocío,
somos un verso sincero.

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