la lumbre y las cosas tuyas
Supimos que la calma,
la espaciosa calma,
fue la que nos mantuvo aquel día
como si no hubiera otro.
Después,
se deshizo la hoja,
acabó la nube
enrareciendo el aire,
enrareciendo el aire.
Y subiendo la meseta
se vio el valle vaciado,
y las luces de otros pueblos
que alarmaban el cielo.
Quiero, yo quiero
la lumbre y las cosas tuyas,
¿volverás a secundarme
con la misma sonrisa?
El gesto partícipe, imperturbable,
¿seguirá bebiendo las mismas tardes?
Rememora la dicha, corazón,
porque éste es tu sol escindido
que sufre la palabra.

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